jueves, 10 de diciembre de 2009

Olvido


Noté... que era demás, que jugar a la cocinita en aquellos escombros del cual alguna vez disfrutamos un desayuno mientras escuchábamos a Perales, mirándonos mientras la emoción se veía vibrar en nuestros ojos por vivir una a una la letra de aquella canción, hacernos de la idea que este sería nuestro futuro y cada uno estaría al lado del otro en su amanecer; pero no, sólo eran aquellos escombros, de aquella casa vieja y podrida, solo era mi imaginación, que me jugaba una mala pasada, un cruel castigo. De pronto ya no estaba ahí en las ruinas de aquella cocina, estaba en lo más alto, en una colina, y tenía frente a mí todo lo aquello una vez fue mi lugar, mi vida, mi universo, mi mundo, mi razón, y vi a una pequeña, una pequeñañita jugando a la cocinita y quien sabe a quién sirviéndole la comida, envuelta en unos harapos majestuosos, abrazando una viga sostenida por los aires, riendo a carcajada viva y unas pequeñas gotas saladas deslizándose por sus mejillas que se marcaban como surcos en su carita sucia, pero qué feliz ! se le veía a la pobre harapienta, entonces miré mis manos y estaban sucias, mire mis pies y estaban descalzos, de barro, de polvo, alzé los brazos y me vi a mi misma envuelta en los harapos, miré alrededor y era yo en la salita que alguna vez nos aguardó para la hora del té. Me senté. Las horas me pasaron encima. Era todo. Todo lo que había intentado. Una y otra vez, era todo. Sujeté violentamente mi cabeza, me agarré con firmeza de mis sienes, y caí de codos en aquella mesa que solo tenía tres patas. ¿Cómo era posible?. Tú ya no estabas ¿Hace cuanto te habías ido? ¿Hace cuanto yo estaba aquí?. Sentí tu ausencia, como si el minuto con su segundo respectivo anterior me hubieran alejado de ti. Estabas...estabas... es que no quería creerlo, nunca quise creerlo.... estabas ... muerto!.
Nunca pude encontrar tu cuerpo, ya no estaba donde le serví la última taza de té, ni donde escuchábamos aquella música de Perales, ni donde solíamos pasar las horas echados mirándonos fijamente y compartiendo los límites de nuestras almas. Un momento!.¿Dónde estabas?¿Dónde se había quedado tu cuerpo?...

Ahí se pasaron las estaciones, una tras de otra, las hojas cayeron y adornaron mis cabellos, mientras seguía yo en mi búsqueda sin tregua. No, no, ya no estabas. No sé para quién es más difícil la situación ¿Para el que se va sin querer irse o para quién se queda sin querer quedarse solo?.
Otra vez estaba frente a todo ese mundo, mientras los últimos reflejos del Sol llenaban mi rostro, y tuve de nuevo esa visión, la niña, la pequeñañita, jugando a la cocinita, sirviendo el té devotamente, aquella pequeñañita enamoradiza, escurridiza, inquieta, haraposientita. Bajé. Y me paré a tu costado, pequeñañita de mi corazón y me miraste sonriente entre diente y diente, con una sonrisa de oreja a oreja, risueña tú, me miraste y extendiste tus delgados brazos que sostenián una fuente con unas vajillas de quién sabe que siglo... ¿Nos acompañas a tomar el té?. Te miré y no pude evitar sonreirte e invitarte un par de lágrimas saladas diciéndote: esta bien, pero solo por esta vez, porque llevo prisa. Y me senté a tu costado. Ahí estábamos los tres, sí los tres, tú, yo y él; ¿Él? En efecto era él. Sólo tú le podías hablar, pero ahí estaba.

Pasamos la tarde juntas, y con él. Tomando el té, el delicioso té de las ausencias, escuchando aquella música de Perales. Había olvidado que cálido era el té junto a los últimos rayos del Sol. Una combinación perfecta. Pero ya era la hora, siempre había sido la hora, mientras conversabas con él de cosas que yo solo escuchaba como se escucha una grabación antigua y casi perdida.

Ahora estaba ahí, parada frente a ese hoyo, y sostenía una caja y tú a mi costado, con el alma afuera, con la mirada perdida, pálida, ida, y yo con la caja, aquella caja, y aquel hoyo, que se unirían para siempre en santo sacramento, esa hora, ese día, el día, de tu muerte, de mi muerte, y de la de ella.
Lo que vino después es indescribible, sólo recuerdo que la caja cayó al fondo, junto contigo, sí con él, toda una vida, todos mis sueños, sonrisas, pleitos, escapadas, besos, caricias, amor, odio, llanto, olvido, cartas, regalos, fotos, recuerdos. Mi pobre pequeñañita, forcejeaba ella y el destino para no irse con la cajita, al fondo, al fondo del olvido, mientras soltaba un gemido profundo, un llanto atropellado, hasta que la tierra comenzó a cubrirlo todo y ese sería el comienzo de un final. De pronto silencio, un silencio macabro, se habia callado, había parado de gemir, y se había quedado ahí parada frente a esas letras y números que resumían todo lo que pudo ser su razón de ser, se quedó ahí, mi pobre pequeñañita, sin pronunciar palabra alguna, enmudecida en su dolor, si acaso dolor es poco para describir aquella alma vacía. Se quedó ahí parada, hasta el día de hoy, mirando fijamente aquellos números sin sentido y palabras por demás. Esperando si acaso una posibilidad...

Mis pestañas comenzaron a cubrirse de polvo y el Sol a brillarme en el rostro, era hora de partir. Bah! es una tontería, me dije y me volví a sentar, mientras observaba aquel lugar, aquella salita, la mesita de 3 patas, la vajilla de un siglo en donde el color no se había inventado. A veces me parecía verla, servir el té a su amado, y escuchar aquellas melodías que sólo podrían significar algo... una posibilidad....la posibilidad....

Por: Alfonsina

1 comentario:

  1. P.D: Este lugar solo existe en un intento de huída más, en el delirio del sueño profundo

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