jueves, 17 de diciembre de 2009

El bastardo

Siempre con la misma sonrisa retorcida...

Sobre la pared de aquella esquina, descansaba mi pie, apoyando mi humanidad, mi retorcida humanidad, en esa pose burda que tenemos todos aquellos que nos creemos dueños del mundo, desde esa esquina, mi esquina. Siempre impecable, con los zapatos relucientes, con la camisa bien planchada, oliendo a lavanda y el saco de cuero que me libraba de cualquier llovizna, y el drill sin ninguna mancha.
Prendí el último cigarro que me quedaba, de la misma manera que lo hacía siempre, cada vez que algo bueno estaba por venir, tirándolo lejos, de un zopetón el fósforo que le había dado la última luz de vida.

Ganar, esa era la premisa. Dinero. Sexo. Lo primordial. El resto, se podía ir a la mierda.

Ya era la hora. La hora indicada, mis obreras llegarían. Y comenzaría el business. Los clientes eran muy exigentes con eso de la puntualidad, limpieza, y la edad. Cerrar el trato era el objetivo, nada más.

Revisión a primera hora, la misma rutina de siempre. Y a trabajar! se ha dicho!.
La bendición de la santa madre, la señal de la protección divina y el juego a comenzado.


Nada importaba. A veces, algunas pollitas no llegaban y de su paradero me enteraba a los días posteriores en los diarios chicheros, eso era todo, a conseguir otra sustituta, el show debe seguir, la función debe continuar. Recibir la suma, la cumbre, el extasis de la faena, el momento esperado, ese olorcillo a billete nuevo, ese olorcillo por el cual los humanos son capaces de matarse entre sí, seductor...el poder... lo es todo.

Regresar a casa, a veces con alguna pollita caprichuda, no era tan malo, para los momentos fríos de esta ciudad, ciudad a la que muchos amamos y otros tantos detestamos. Recuerdo alguna vez haber amado, pero como algo muy lejano, de otra vida. Sí, porque los bastardos malditos como yo también aman. Muchas veces me lloraron, de rodillas, pidiendo clemencia, pidiendo libertad ... "lo siento bebé tú sabes como son estas cosas"... Las miradas con desprecio ya no me tocan, nunca me tocaron. Sus suplicas me son aburridas, abominables, eternas, cansadas, pero siempre... en vano... Yo nunca pierdo. "<<Eres un maldito hijo de puta, ojalá te pudras en el infierno bastardo>>". Muñeca, ¿Eso era todo lo que tenías que decir?. La puerta. La puerta estaba abierta, "llevénsale de aquí", llantos y más llantos, mis sabuesos la sacaban del escenario, porque eso sí, yo nunca las golpeé, ni las insulté, mi santa madre me había enseñado que eso sólo lo hace la gente de mal vivir.
En mi cuarto. Esos pocos metros, mi santuario, aquí nada existía, ni el tiempo se atrevía a entrar. Mi amplia cama, me esperaba, eso sí aquí ninguna puta entra, era el cuarto principal. Para los revoltijos y deseos más absurdos estaban los otros cuartos. Tenía todo lo necesario para vivir y más, para morirme aquí adentro si es que yo lo deseaba así, todo lo que necesitaba lo tenía aquí en mi cuarto. Mi nombre, mi verdadero nombre lo había olvidado, ahora sólo me importaba una cosa, dormir. Tirado sobre esa cama enorme y confortable, desnudo, impecable. Algunas veces los recuerdos me azotaban, pero bastaba con prender aquel Panasonic SC-AK980 con sus potentes 11.000 w. Y el mundo se reducía aquellas dulces melodías: jazz Miles Davis, Bach, de todo un poco.


Ella se había quedado a mi lado, a pesar de todo. Claro algunas noches caíamos en la dulce tentación carnal, y por supuesto yo, aceptaba de buena gana. ¿Pero por qué las mujeres lo complican todo? Decía aún amarme, y la verdad es que no lo dudaba, pero a mi me gustaba esa libertad con la que yo ya estaba acostumbrado a andar, con la que me deslizaba, las mujeres eran mi perdición. Servil, cordial, con ellas, con aquellas dulces pollitas, las había de todo tipo, las locas, las serias pero que en la cama se transformaban, las dulces, las madres, las compasivas, las sumisas. Llevaba una colección conmigo de cada una de ellas, como un santuario, como un homenaje. Pero ella aún seguía ahí, y no me molestaba su presencia, salvo que ella supiera de mi más que yo, inclusive, y eso sí me perturbaba. Pero ella nunca me haría daño, eso lo sabía. Nunca me delataría.
Fue el final. ¿Acaso era tan dificil acomodarse?Para todas hay!!... y de sobra. Se fue. En ese entonces tenía una que era la de turno, pero también ahí la tenía... a ella. Se fue como si hubiese muerto, desapareció del mapa, nunca la busqué tampoco, pero a veces mi mente es recurrente con su recuerdo y de pronto... vuelvo al trabajo, al business, el sexo, dinero, y eso era todo, lo demás no importaba.
De nuevo echado en mi cama, prendo aquel animal musical... me sirvo una copa de vino blanco. Estoy desnudo... entro a la ducha y me lavo las culpas y salgo con el alma limpia. El tiempo no existe, ni lo malo, ni lo bueno, ni siquiera el olor del dinero, que tanto me gusta. Nada. Vacío. Pero ese vacío del que se disfruta, tengo todo.....todo..... lo que necesito para vivir y morir aquí.



No hay comentarios:

Publicar un comentario